Regreso a España, por Amaya Lacarra

Por Amaya Lacarra, periodista cultural

Ya estoy aquí, con este olor, este ruido, este sol que tanto me gusta. Ya estoy aquí, muy contenta, pero cayendo irremediablemente en las redes del complicado panorama actual que nos viene acompañando desde hace ya unos años y que sinceramente, desde la distancia, me empezaba a aburrir soberanamente. Ahora lo entiendo todo un poco mejor.

Soy una más dentro de ese conglomerado de emergentes cualificados, tratando de arrancar en su trayectoria profesional. Y ya puestos, puede que en la personal también. En definitiva, un momento vital ya importante en sí mismo, que se está viendo muy entorpecido por las circunstancias externas que a día de hoy nos rodean.

Sin embargo, uno de los mayores inconvenientes que he encontrado al volver a España después de casi dos años en el extranjero no son esos factores que nos vienen dados de fuera, sobre los que no tenemos control y que irritan al conjunto de la sociedad. Lo peor ha sido encontrarme con un ambiente que ya está pasado de rosca. Probablemente fruto de tanta decepción. Ya no es un espíritu pesimista o incluso derrotista, simplemente me animan a que no pise el país, mi país.

He de decir que esa invitación al “no retorno” me ha trasladado momentáneamente a aquellas entrevistas que realicé en la Universidad para mi tesina. Un trabajo que trató sobre el fenómeno exiliar. Los que me hablaron fueron españoles que tuvieron que abandonar el país tras la Guerra Civil y ante el régimen que se avecinaba. Me gustó mucho escucharles. Lo que no pensaba yo era que un día me iba a sentir identificada con esos testimonios, que me emocionaron por sus historias desgarradoras y sentimientos tan contrariados. Porque ahora soy yo la que, por primera vez, siente que puede que no sea tan libre.

Largarnos, y hacerlo de verdad, es la única opción que nos están poniendo fácil. Es la opción de muchos, será la de otros tantos, y es una posición más que respetable y ante la que me quito el sombrero. Ahora bien, también hay otra opción, o debería, y es apostar por quedarte. Es innegable que hace dos años estábamos ya en un “sálvese quien pueda”, y quien sea el atrevido de embaucarse en esta segunda alternativa no lo va a tener fácil. Parece un derecho convertido en privilegio. Ya no vale con ser alguien comprometido con una cultura de trabajo. Trabajar es un primer paso, sin duda, pero un paso de otros muchos.

Mientras ese segmento joven de población emigra, con su vitalidad insultante, y mientras nos topamos con recortes como el de educación, me da por pensar que precisamente ahí es donde hay que dar ese siguiente paso. En la educación de aquellos que siguen aquí, resaltando los que aún no lo han hecho porque, para empezar, aún no han podido: los niños.

Una de las joyas que he querido recoger para traer conmigo es el sentido de responsabilidad social que en Escocia se mantiene. Desde pequeños, he ahí la clave. El día que salí por la puerta del Ayuntamiento de Edimburgo tras un “no necesita nada más señorita, ya me está usted diciendo que se va del país”, sentí satisfacción. Estaba formando parte de un sistema cuyos ciudadanos actuaban como tal. Una institución pública sólo necesitó mi palabra para creer que dejaba Escocia, lo que suponía poner freno al pago de tasas con las que hasta entonces yo contribuía, como cualquier otro residente activo del país. ¿Por qué les iba a estar engañando? Ése es su pensamiento, y así es como funcionan, incluso en temas donde el “money” juega su papel.

Parece mentira cómo en España, un país donde la gran mayoría tenemos una consideración casi endiosada de nuestra familia, a la que defendemos y apoyamos de una manera casi incondicional, seamos luego tan poco considerados con los que no forman parte de ella. Esta cultura mediterránea (que adoro), tal vez deba mirar más allá y aprender de otras como la del ayuntamiento “scottish” y su comunidad.

Todo sería mucho más fácil si los cabezas de sociedad predicaran con el ejemplo, pero igual nos toca hacerlo a la inversa, esperando una asunción de responsabilidad también por su parte. De lo contrario, será cuando haya que coger de nuevo las maletas. Si algo de bueno podemos sacar los que hemos vivido diferentes experiencias en otros países (que somos muchos), es que ya no hay miedo. Podemos cambiar de lugar, porque sea donde sea, seguiremos haciéndonos a nosotros mismos. Ahora bien, ya puede el gobierno educar bien a esos niños, porque flaco favor se está haciendo permitiendo que esto ocurra en mi generación.

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Amaya Lacarra (14 de diciembre, 1985) es periodista cultural.

Licenciada en Humanidades-Comunicación, pasó un año de Erasmus en Florencia y después de la carrera completó su formación con un máster en Periodismo de Investigación en la Universidad Complutense de Madrid. Tras encadenar varios trabajos en diferentes medios (RTVE, Teledonosti) y en diferentes departamentos de comunicación y márketing (Festival de Cine de San Sebastián, Centro de Arte Contemporáneo de Huarte-Navarra), decidió apostar por el inglés trasladándose a Escocia donde ha dirigido la obra teatral “Bajarse al Moro” con estudiantes de la Universidad de Edimburgo, y ha colaborado con Cinemaattic promoviendo el cine español en el Reino Unido. Sus relatos en ecarlina.blogspot.com.

 
 
 

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