‘Crisis, artistas, oficinistas y Pessoa’, por Ignacio Evangelista

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Imagen cortesía de Ignacio Evangelista.

Ignacio Evangelista

En el mundo del arte, tradicionalmente se ha mirado a los ciudadanos“normales” (oficinistas, funcionarios, comerciantes, etc.) un poco por encima del hombro. Y hablando sobre arte y fotografía, hasta ayer, en determinados ambientes (especialmente en el mundo de las galerías) el fotógrafo que junto a su trabajo artístico desarrollaba una actividad como fotógrafo comercial era mirado con cierto desprecio por aquellos que únicamente vivían del arte (y de las subvenciones al arte). Parecía que el trabajo artístico era menos puro o serio al poder contaminarse de las actividades más comerciales que el fotógrafo desarrollaba para poder llegar a fin de mes (el “bread and butter”, que dicen los anglosajones). Incluso algún galerista aconsejaba ocultar el trabajo más comercial para cuidar la imagen de artista cool.

¿A qué era debida esta actitud tan snob de mucha gente del mundillo y que, según ellos, intentaba diferenciar a los fotógrafos-artistas de los que pretendían serlo? ¿A la clase social de la mayoría de personas vinculadas al mundo del arte? ¿A la generosa política de subvenciones en los años de vacas gordas?

En los últimos tiempos el panorama ha cambiado radicalmente; un ejemplo: en España el presupuesto del ministerio de Cultura para ayudas al arte contemporáneo se han reducido en 2.013 en un 81% (171.000 € en 2.013, frente a 900.000 € en 2.012). Esto, sumado a la drástica reducción de ventas de obras de arte, que ha supuesto el cierre de numerosas galerías, ha provocado un cambio de actitud y de pose. Ahora mismo, el artista más cool es el que tiene más encargos comerciales, y mejor todavía si tiene un patrocinador y algún logo aparece en sus exposiciones, algo que hace años hubiera sido el colmo de lo hortera.

Creo, además, que esta idea purista que la crisis está eliminando desprende un fuerte tufo a concepciones decimonónicas del artista, como alguien dotado de un don especial por los dioses, bohemio, y con una vida material cercana a lo precario. Y también otro tufo más reciente al súper artista súper macho del expresionismo abstracto: alcohólico, mujeriego y caótico, frente a una concepción más contemporánea del artista como un trabajador más, dotado de ciertas aptitudes (como el deportista, el matemático o la “stripper”) pero también alguien que para traducir esas aptitudes en resultados tangibles trabaja duro, madruga y cumple plazos de entrega.

En estos tiempos de crisis (y de decisiones gubernamemtales autodestructivas), es realmente difícil vivir o incluso sobrevivir del arte, y frente a aquel sentimiento de “nosotros somos los guais y los oficinistas los pringados”, algunos recordamos los consejos de nuestros padres sobre “dedicarnos a algo de provecho” y pensamos ahora que quizás ellos (la gente con trabajos “normales”) son los listos, y nosotros somos los pardillos.

Fernando Pessoa, gran poeta portugués, trabajaba para ganarse la vida como contable en una oficina de Lisboa, y en su Libro del desasosiego escribía:

“Bajando hoy por la Rúa Nova do Almada, me fijé de repente en la espalda del hombre que bajaba delante de mí. Era la espalda vulgar de un hombre cualquiera, la chaqueta de un traje modesto en una espalda de transeúnte ocasional. Llevaba una cartera vieja bajo el brazo izquierdo, y ponía en el suelo, al ritmo de ir andando, un paraguas cerrado, que cogía por el puño con la mano derecha. Sentí de repente por aquel hombre algo parecido a la ternura. Sentí en él la ternura que se siente por la común vulgaridad humana, por lo trivial cotidiano del cabeza de familia que va a trabajar, por su hogar humilde y alegre, por los placeres alegres y tristes de que forzosamente se compone su vida, por la inocencia de vivir sin analizar, por la naturaleza animal de aquella espalda vestida (…) Una sola cosa me maravilla más que la estupidez con que la mayoría de los hombres vive su vida: es la inteligencia que hay en esa estupidez.

La monotonía de las vidas vulgares es, aparentemente, pavorosa. Estoy almorzando en este restaurante vulgar, y miro más allá del mostrador, la figura del cocinero: y aquí, a mi lado, está de pie el camarero viejo que me sirve, como hace treinta años, creo, sirve en esta casa. ¿Qué vidas son las de estos hombres?(…) Examino, con un asombro asustado, el panorama de estas vidas, y descubro, cuando voy a sentir horror, pena, indignación ante ellas, que quien no siente horror, ni pena, ni indignación, son los mismos que tendrían derecho a sentirlos, son los mismos que viven esas vidas. Es el error central de la imaginación literaria: suponer que los otros son nosotros y que deben sentir como nosotros”.

Así, escribiendo al estilo Pessoa, diría que… hoy sueño que soy funcionario y que no me levanto cada día pensando en cómo lo voy a hacer hoy, en qué podré conseguir a lo largo de este nuevo día, en si finalmente habré cobrado esa factura de hace meses, sino que tendré la certeza de que a final de mes alguien hará un ingreso en mi cuenta y lo mismo el siguiente mes, y el otro… Y espero despertar de este sueño, justo el día en que termine esta crisis, para poder dejar de sentirme un pardillo por dedicarme a lo que me dedico.

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Ignacio Evangelista es artista visual. Beneficiario de una beca para proyectos del CENTER de Santa Fe (Estados Unidos),  hasta el 30 de junio exhibe algunas imágenes de su serie After Schengen en la Muñoz Waxman Front Gallery del Centro de Arte Contemporáneo de Santa Fe ( la noticia en XTRart y en http://www.turnonart.com/webzine/art/crisis-artists-clerks-and-fernando-pessoa

 

 
 
 

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