‘Villa Dolor’, por Gabriela Wiener

Recaredo Veredas 2013

Gabriela Wiener

Quizá algo que no le perdonamos a la vida es su acto final, el acto de la muerte. Asomarse por primera vez a Actos imperdonables (Bartleby Editores, 2013), el nuevo libro de cuentos de Recaredo Veredas, es asomarse a las regiones abisales, que si nos atenemos al epígrafe del libro, extraído del Diccionario de Cirlot, comparte paisaje con lo que se conoce como el “país de los muertos”. Aquí hay desahuciados, cadáveres y espectros. Hitchens contaba cómo fue deportado del “país de los sanos” al otro lado de la dura frontera que rodea la tierra de la enfermedad, del país de la salud a “Villa Tumor”. Los personajes de Recaredo viven también sus últimos días en estas villas de dolor, en asilos u hospitales, en cárceles o manicomios. O en sus cabezas y delirios. Hay morfina y olor a pústulas. Hay muchos tipos de cáncer. Están enfermos, o son hijos de gente enferma, o algún día enfermarán o morirán de una enfermedad. Son huérfanos, adoptados o mal queridos. Algunos no quieren morir y harán hasta lo imposible por evitarlo, pero morirán irremediablemente. Hay incluso, los que no merecerían morir y lo harán; y los que se merecen la muerte y siguen vivos y coleando. Hay hombres que deseando morir no pueden y otros que lo han conseguido.

La vida está llena de actos que nos conducen al final, que nos condenan de por vida, parece decir el escritor. En este puñado de historias los vivos se mezclan con los muertos para que comprobemos que estamos hechos de la misma materia ruin y pringosa. En el libro, como en la vida, hay hombres que aceptan trabajos y matrimonios que no quieren, que echan a sus espaldas destinos que jamás soñaron y padecen vidas que nunca desearon. Condenados a ser muertos en vida, pocas metáforas tan esclarecedoras sobre una existencia tediosa que la imagen de unas moscas volando alrededor de un tubo fluorescente, eso que llamamos claridad o Dios, y que creemos nos ilumina, y que no es otra cosa que una luz falsa y cegadora. Por eso, a veces es el sueño el territorio de la emancipación y el abrazar la muerte la manera de llegar a ser uno mismo, de ser libre, de estar por fin completo. Como aquel viejo en la residencia de ancianos, que sueña que una hermosa mujer le corta la venas con un cuchillo, como si partiera en dos unas bella liana que cae de los árboles.

Hay en este libro, también, dos mundos contrapuestos, ese que cabe en una pequeña burbuja, el de los bufetes de abogados ricachones con sus relojes Rolex, comidas caras y viajes exóticos a tierras remotas; y uno apocalíptico, devastado por la crisis y las guerras. En el primero, viven los que con poder y dinero pueden cometer el acto imperdonable de comprar una extensión de su propia vida, como aquel abogado/escritor enfermo de un mal cardiaco que forzado por su enfermedad contrata a un hombre como su asistente y negro literario, una especie de doble borgeano, para que realice todas sus tareas, carcomiendo su identidad y canibalizándolo hasta su completa desaparición.

“Quizá”, dice uno de los personajes de Actos imperdonables, “tal vez sea mejor la desaparición, que nuestras cenizas se disuelvan en la nada, en un descanso verdadero”. En ese primer mundo vive el trío de amigos, jóvenes empresarios de la moda, que viajan al África, entusiasmados, digamos, por la idea de poder tomarse fotos para Instagram con los indígenas de la zona, y hasta esperan llevarse un animal ritual como mascota. El canibalismo en este libro también es literal: ni todo el dinero del mundo puede comprar la dicha o la paz, si te persigue el fantasma de tu mejor amiga, el sabor amargo de la carne fresca de los que traicionaste. Estos actos son de doble filo: pienso en la mujer que entrega a su hija a otra mujer para ahorrarle una vida de penurias junto a una madre viuda y pobre, algo que parece una buena idea hasta que siente la pulsión de recuperarla.

Así como salen a nuestro encuentro en este libro personajes que son capaces de comprar vidas, hay otros personajes que pueden comprar la muerte, su propia muerte, una muerte plácida y asistida. Como la pareja de esposos enfermos que contrata a una clínica suiza para que los ayude a morir. Ella no está segura, no está tan enferma como él, no está tan cerca del fin, así que se imagina en sus últimos días ciega y lisiada dándole de comer a los patos al lado de la nieta que aún no conoce, y sintiendo el calor del sol, y piensa que aún así no sería una existencia tan horrible, pero su reflexión final es estremecedora: el paso de no hacerlo, de negarse a irse con su amor incluso se le antoja más duro que el acto de abandonar la ilusión por la vida. Actos imperdonables como estos que son en última instancia liberadores. Ninguno tan execrable como matar a un padre que te ha mentido sobre tu origen y al que no le ha importado que arriesgues tu felicidad y hasta tu vida por esa mentira. Y sin embargo, pocos personajes se sienten tan felices en el libro como este parricida en una celda después de admitir su culpa.

¿Qué nos hace tomar ciertas decisiones y no otras y hacia dónde nos llevan? ¿Cómo afecta a los que nos rodean? ¿Hay algo, incluso una vida de virtud, que no pudra la enfermedad y la muerte? ¿No está en nuestra propia naturaleza todo el horror y todo el vacío? ¿Podremos dejar algún día de jugar con los dados eternos de los que hablaba Vallejo?¿Se trata todo esto de una maldición? ¿Por qué a mí? O como diría Hitchens, ¿por qué no a mí? ¿Qué hacemos si nos siguen cuervos y sapos y mamuts enanos y dinosaurios y moscas desde el camino contrario al que elegimos para forzarnos a mirar todo lo que dejamos atrás? ¿No sería mejor que se extinguieran por completo? Hay tres maneras de afrontar lo negro, lo desconocido de la experiencia humana: de frente, de costado y de espaldas. En ese proceso, tanto individual como colectivamente, está claro que vamos a dejar muchos muertos y heridos.

Pero de todas las cosas imperdonables, me quedo con una que señalaba Roberto Bolaño, en su texto Literatura + Enfermedad= Literatura y que creo que es un tema medular en el libro de Recaredo. Bolaño sostiene que la enfermedad del hombre moderno es la resignación, la resignación de vivir, la derrota. Sin duda, también es el principal germen del mal, algo que tanto preocupaba a Bolaño. A todo ello, a los oasis de horror en los desiertos de tedio de los que hablaba Baudelaire, no queda más que oponer la búsqueda, dice el escritor, aunque sea infructuosa, de algo, nuevo o viejo, “caminos por los que hay que internarse aunque no lleguen a ninguna parte”.

Finalmente, creo que en Actos imperdonables, Recaredo nos enfrenta también a otra dimensión de la enfermedad: me refiero a cierto tipo de hastío que corrompe el ideal burgués —esa mentira— convirtiéndolo en escenario de deterioro y pesadilla. Así, y en un ejercicio que, siendo solo un poco perverso, podríamos llamar de terapia, Recaredo se esfuerza por instalar la incomodidad en un sector de la sociedad en el que parece moverse como pez en el agua, por señalar el grano, la pústula, en los rostros acaso artificialmente lozanos de sus personajes. Algo por lo que no podemos más que estarle agradecidos.

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Gabriela Wiener (Lima, 1975) es una escritora, cronista, poeta y periodista peruana afincada en España desde el año 2003. Forma parte del grupo de nuevos cronistas latinoamericanos. Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica de Lima, y un máster en Cultura histórica y Comunicaciones en Barcelona. Trabajó en el diario El Comercio. Fue miembro del consejo de redacción de la desaparecida revista Lateral. Colabora con una larga serie de medios, como Etiqueta NegraEl País o La Vanguardia. Es autora de dos libros de crónicas –Sexografias, Melusina, 2008; y Nueve lunas, Mondadori, 2009-, y de la plaqueta de poesía Cosas que deja la gente cuando se va.

Nota: Texto leído en la presentación del libro Actos imperdonables (Bartleby, 2013), celebrada el pasado 28 de mayo de 2013 en la librería Tipos Infames de Madrid.

Imagen: Recaredo Veredas en la presentación de Actos imperdonables. Cortesía de Marina Fernández Bielsa.

 
 
 

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