Julio López Hernández: “Nos encontramos en una soledad absoluta y tenemos que rascar en nuestra interioridad para sacar a flote algo”

Julio lopezJulio López y Mª Dolores Barreda Pérez

Mª Dolores Barreda Pérez

El pasado día 21 de febrero, la Asociación Española de Pintores y Escultores hizo entrega, en un acto celebrado en la sede social de la entidad, de su Medalla de Honor al escultor madrileño Julio López Hernández.

De manos de su Presidente, José Gabriel Astudillo López, y bajo la atenta mirada de algunos de los miembros de la Junta Directiva y numerosos amigos y autoridades, como el Delegado de las Artes de Madrid, Pedro Corral, Julio López recogió, agradecido y emocionado, el reconocimiento por su excelente labor y singular trayectoria artística.

Vivió el arte desde muy niño, ya que su padre y abuelo eran orfebres, y comenzó trabajando tallas religiosas. De la Escuela de Artes y Oficios pasó a la de Bellas Artes de San Fernando, donde conoció a artistas como Antonio López García y Lucio Muñoz, con quienes entabló una amistad que aún perdura.

La Escuela de Escultores de Coca le permitió resistir el vendaval de la abstracción que se instaló en el arte de los cincuenta. A partir de esa etapa, renueva la figuración, luchando contra el academicismo y creando el realismo trascendente o mágico, es decir, trascender la realidad a partir de la realidad misma.

Su evolución del expresionismo al realismo hace que su obra se incluya en la “escuela realista madrileña”, junto a sus grandes amigos Antonio López García, Amalia Avia, Isabel Quintanilla, María Moreno…. En 1962 contrajo matrimonio con Esperanza Parada, recientemente fallecida, con quien tuvo dos hijas.

Prestigioso medallista, ha renovado esta disciplina mediante la creación de las “medallas de pie” como él las llama. Por eso el acto ha tenido una especial significación al recibir la Medalla de Honor que modelara especialmente para la Asociación Española de Pintores y Escultores el que fuera su Presidente, Fructuoso Orduña.

Profesor de Modelado de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, en 1982 se le otorga el Premio Nacional de Artes Plásticas “por su sentido original de la escultura realista fuera de los cánones académicos y su revitalización del espíritu clasicista”. En 1986 es elegido Académico en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y ha realizado importantes exposiciones por todo el mundo. Sus obras se encuentran en los principales museos y colecciones.

Hablamos en exclusiva con Julio, que contesta agradecido, todas nuestra preguntas.

Acaba de recibir la Medalla de Honor de la Asociación Española de Pintores y Escultores. ¿Hace ilusión un premio más?

J. L. H.: Mucho, Muchísimo. En realidad yo tengo muy pocos premios, pero la verdad es que los premios cuando no se persiguen, gustan más y los agradezco más, y este no lo he perseguido, me lo habéis dado por un reconocimiento desde la lejanía, que es aún más bonito.

Es un merecido homenaje a un gran artista.

J. L. H.: Los premios te los dan porque te conocen mucho, pero yo creo que aquí lo habéis hecho atisbando que yo era alguien (ríe francamente divertido). Y me encanta, me gusta mucho lo que habéis hecho.

¿Cómo recuerda a la Asociación Española de Pintores y Escultores?

J. L. H.: En mi tiempo de formación y posteriormente en el auge de mi carrera, la Asociación Española de Pintores y Escultores era lo más, era la entidad de referencia, era la única primordial que había en España.

Entonces, recibir la Medalla de Honor de una entidad como la AEPE…

J. L. H.: Me gusta, me gusta mucho, tiene un algo de limpio y puro aún, sin viciar, que me gusta… Porque otro tipo de premios que me puedan dar los valoraré, pero siempre sabré que son más circunstanciales, que te los dan por un escalafón alto y este tipo de cosas, pero creo que aquí os habéis saltado el escalafón y lo habéis hecho de corazón y a mí me parece que eso es mucho más bonito y por tanto lo valoro más.

Hacía muchos años que la AEPE no concedía su Medalla de Honor como merecido homenaje a los pintores y escultores de su tiempo.

J. L. H.: Porque yo creo que esto estaba anquilosado, no como ahora, que parece que está vivo y muy vivo… Ya te comentaba que en mi etapa de formación, cuando estaba iniciando mi andadura, aquellos hombres de la Asociación Española de Pintores y Escultores eran la meta del arte, los más grandes, lo mejor que había… Y también se premiaba de una forma más bonita que hoy en día, porque antes se daban auténticos homenajes. Ahora ya no se hacen homenajes a los artistas, les darán premios muy sustanciosos en cuanto a lo económico, pero homenajes como los de antes ya no se dan.

¿Cómo eran los pintores y escultores a los que consideraba “la meta” de entonces?

J. L. H.: Antes los escultores trabajaban casi siempre por encargo porque no había una venta fácil, ni había una clientela, por eso el tipo de escultura que había no era la que plasmaba el pensamiento nuevo de los jóvenes artistas. Antes lo que había eran obras que tenían una utilidad inmediata, esculturas de utilidad inmediata o artistas que hacían una determinada cosa que era necesaria hacer; por eso estos hombres respondían a los encargos, a la demanda, y eran buenos escultores, aunque a algunos les faltaba eso, les faltaba el tema personal.

¿Había menos creatividad?

J. L. H.: No es que hubiera menos ideas, es que su indagación en el ser se limitaba a que si les mandaban hacer un personaje histórico asimilaban los estudios que tenían de cómo hacer la obra, pero desde un plano de lejanía que evitaba incorporar sus propios sentimientos y esa mirada personal de las cosas, esa es una conquista del arte moderno. Aunque también tenían cosas muy bonitas, les faltaban otras, pero es como ahora nosotros, también tenemos unas cosas y nos faltan otras.

¿Materiales más variados, más versátiles?

J. L. H.: Sí, la verdad, ahora hay una diversidad y libertad absoluta y un panorama que se ha abierto y ofrece más cosas para trasladar los ideales de tu creatividad, aunque eso también puede ser bueno y peligroso.

Los peligros del arte actual…

J. L. H.: Es que yo creo que cuando hablamos de una obra, esta tiene siempre que tener un grado de utilidad, que la demande alguien, no sólo tú, sino que sea necesaria para algo, y eso se da en algunos momentos de la historia del arte con mucha fortuna, y en otros no tanto, pero actualmente estábamos sufriendo una peligrosa desavenencia entre la apetencia del artista a título personal, la que busca algo, algo grande, y lo que quiere la sociedad en realidad del artista. El peligro es que nos encontramos en una soledad absoluta y tenemos que rascar en nuestra interioridad para sacar a flote algo, algo que sea grande, y yo creo que ya nos hemos dado cuenta todos y se saca, o al menos, se intenta sacar.

Volvamos a la Medalla de la Asociación Española de Pintores y Escultores.

J. L. H.: Recuerdo que era el más alto reconocimiento de los grandes artistas del momento que trabajaban con gran nobleza, porque por aquella época no había una intromisión tan poderosa del comercio especializado en arte, de las galerías…

Hoy en día sin una galería detrás, el artista no es nadie.

J. L. H.: Antes había unas galerías que vendían de una manera más circunstancial y puntual, pero no como ahora, con esa infraestructura de conexiones internacionales, de valores que superan su propio precio y se ponen unos precios más arriba, unas galerías que establecen una conexión con las otras y hay una propaganda enorme, eso no existía antes, así que la Asociación Española de Pintores y Escultores estaba obligada a reconocer los nuevos valores, porque si no los descubrían ellos no los descubría nadie.

Hablamos del talento.

J. L. H.: Efectivamente, del talento, y si no lo hacía la AEPE no lo hacía nadie, porque no había una infraestructura para hacer propaganda en este sentido, no había nada… Las galerías que lograban vender obra, era porque coincidían, porque habían unido a un artista con un comprador, pero ahora el coleccionismo solo intenta invertir, no actúa no gasta nunca en balde, y eso creo que es lo que debe predominar en el espíritu de la Asociación Española de Pintores y Escultores.

El pasado año 2013 formaste parte del Jurado del Salón de Otoño, un honor para la AEPE, pero ¿cuál es tu valoración del Salón, de las obras presentadas, de la función que el Salón tiene?

J. L. H.: Lo vi todo muy bien, sobre todo en el sentido de que los participantes no eran creadores atrapados en el pasado como pudiera parecer, que el Salón de Otoño es algo del siglo pasado, no. Que sea de larga tradición no quiere decir que los que se presentaron al Salón no tengan la mirada puesta en lo moderno y en lo que se está haciendo ahora. Había muestras de gente que estaban haciendo propuestas bastante avanzadas y así lo comentamos Antonio López y yo mientras veíamos las obras presentadas, había cosas que se veía que eran muy actuales y muy reales, del arte que se está haciendo ahora,

¿Qué es lo que más valoró del Salón de Otoño?

J. L. H.: Pues a mí personalmente me gustó mucho que no fuera como en otros concursos que hay, que se rigen por una trayectoria profesional y que tienes que haber hecho muchas exposiciones y tener un reconocimiento de crítica y público detrás, respaldando el premio que te van a dar, como justificándolo, no, no,… Yo lo que vi era inicialmente puro, y eso me encantó, me gustó mucho, (recalca) y mi recomendación es que debéis insistir en ese camino que ya no sigue ninguna organización hoy, con unos premios que no son muy fuertes ni numerosos, pero que se ve que hay una propaganda apoyando el concurso, porque es muy interesante que esa gente que no tiene a nadie detrás, se le de un apoyo, es gente desasistida de apoyos de galerías y toda esa parafernalia. Yo vi allí algo muy desinteresado y muy bonito, y eso francamente, me gustó.

El Salón de Otoño nació con esa idea, dar cabida a los que estaban fuera de los circuitos oficiales del arte.

J. L. H.: Pues sí, el Salón de Otoño siempre estaba fuera de las Exposiciones Nacionales y con ese mismo espíritu, y era el que ayudaba a dar los primeros pasos, y en ese sentido sí seguís haciéndolo así, haciéndolo bien, me parece realmente bien, y que esa línea es necesario conservarla.

Pues dicho así, y abusando de tu generosidad, me gustaría pedirte que formaras parte del Jurado del próximo Salón de Otoño, sería un gran honor para nosotros.

J. L. H.: Pues yo encantado, porque me lo pasé muy bien y me gustó mucho aquella reunión en la que todos comentábamos lo que veíamos y en la que todos actuamos con la mayor sinceridad y en donde me sentí muy a gusto, porque no sientes presiones, ni valoraciones interesadas, y la verdad es que lo comentamos allí todos los que estuvimos… Tomás Paredes, Alma Ramas, Rafael López-Sors, Antonio López, Astudillo y tú misma, que nos gustó a todos mucho la sinceridad y espontaneidad de la selección de obras y premios.

Es muy importante que nos digas esto porque a nuestros socios, a todos los que se presentaron el pasado año al Salón de Otoño, a todos los que piensen participar en la próxima convocatoria, les gustará conocer la opinión de los que juzgan su obra.

J. L. H.: Pues que sepan que lo hacemos desde el respeto, con una visión abierta en la que nada hay que digamos que no nos gusta a priori, y que miramos y remiramos las propuestas, porque hay cosas muy atractivas y nosotros como Jurado no nos cerramos a ninguna. Luego ya están los criterios de gusto personal, pero ahí ya cada uno escoge lo que más le gusta.

La Medalla de Honor de la AEPE que te entregó el viernes José Gabriel Astudillo es obra del escultor Fructuoso Orduña, quien da la casualidad de que también fue Presidente de la AEPE. Cuando la tuviste en tu mano sonreíste abiertamente ¿qué sensación te produjo?

J. L. H.: Es una medalla hermosa, diseñada de forma conceptual, está bien diseñada por un buen escultor con un gran sentido del relieve, y con una representación funcional, se ve que está pensada para ser un premio. Lo que es asombroso es que la Asociación Española de Pintores y Escultores la haya mantenido viva en el tiempo, cuando este tipo de trofeos suelen olvidarse muy a menudo.

¿Y como renovador de la disciplina medallista?

J. L. H.: Para mí las medallas tienen unas connotaciones vitales mucho más atrayentes. Después de tantos años de experiencia y con el conocimiento de su trayectoria, de su nacimiento, de cómo empezó, para lo que servía, de su significado y simbolismo… Creo que es eso, el simbolismo significativo lo que le da a la medalla la gran proyección artística que debe tener. A una medalla le tienes que pedir muchas más atribuciones que la de la simple representación, y en las medallas de los premios suele ser así, el conocimiento con un símbolo, se presenta la pintura, la escultura y ya está.

Sí, pero contigo la medalla adquiere otro relieve y otra categoría.

J. L. H.: Es que no es solo una representación formal de algo, hay que ponerle sentimiento y darle vida. En fin, la medalla es fiel, pero lo mismo hay que hacer ya otra… (ríe)

Y eso es lo que lleva haciendo Julio López Hernández toda una vida: insuflar el soplo de la vida al frío bronce y a la piedra.

 
 
 

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