Ganadores y finalistas del I Certamen Internacional de Microrrelatos “Los Alephs”

El jurado del I Certamen Internacional de Microrrelatos “Los Alephs”, fallado hoy, estuvo compuesto por el pintor y escritor dominicano Fernando Ureña Rib, director de la Fundación que lleva su nombre, el escritor y crítico argentino Jesús López Cisneros, del Centro de Lingüística Aplicada de Buenos Aires, y y el escritor y crítico español David Casas Peralta, en representación de la Fundación Fondo Internacional de las Artes. Actuó de secretaria del mismo Alma Noblía, directora de Proyectos Internacionales de la fundación madrileña.

 

 

El fallo emitido por el jurado destacó la “extraordinaria maestría” de Mario Froilán Reyes Becerra tanto para adaptarse a la frase con la que debía empezar el microrrelato -”El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español…”, inicio del cuento “Emma Zunz” del libro “El Aleph” de Jorge Luis Borges- como para sintetizar, en sólo dos líneas, “500 años de hermanamiento entre el pueblo español y latinoamericano a través de una lengua común”.

Según la directora de la Fundación Fondo Internacional de las Artes, Alma Ramas, “la respuesta de la convocatoria superó nuestras expectativas más optimistas. Los 700 microrrelatos recibidos de todo el mundo, la mayoría de gran calidad temática y estilística, nos demuestran que la creación literaria en español goza de una salud envidiable”.

 

PALMARÉS DEL I CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS “LOS ALEPHS” 

 

Ganador del I Certamen Internacional de Microrrelatos “Los Alephs”

Título: “Colón”
Autor: Mario Froilán Reyes Becerra

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. El genovés, que llegó después, sí; con ese seductor ardid conquistó América.

 

Menciones especiales del Jurado del I Certamen Internacionl de Microrrelatos “Los Alephs”

Título: “La rompiente de la playa”
Autor: Pablo Solares Villar

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, y sin embargo, la muchacha que lo acompañaba —que a juzgar por la edad y la semejanza en los rasgos debía ser su hija— se desenvolvía con fluidez en nuestra lengua, con un acento que se me antojó venezolano y no nórdico. Acudieron a la fonda con sus ropas chorreando agua salada, pálidos los rostros y con labios amoratados, medio muertos de frío. Los escasos parroquianos que se sentaban en el local, mudos ante un vaso de vino, barruntaron de inmediato la desgracia, que la chica extranjera no tardó en confirmar con palabras precisas: la goleta en que navegaban había encallado en la rompiente frente a la playa, y acometida y embestida por las olas furiosas había terminado por irse a pique. Encarecidamente y con voz trémula, nos rogó que acudiésemos a la playa a proveer de socorro a sus compañeros de travesía, y con especial procuro a su hermano menor, que habían buscado infructuosamente. Los dejamos en la fonda, arrebujados frente a la chimenea, y todos los vecinos, provistos de mantas y candiles de carburo, nos dirigimos con premura a la cercana playa sobre la que se abatía, con ráfagas silbantes que flagelaban con látigo de arena, la tempestad. La escasa y ominosa luz del anochecer nos permitió distinguir tres cuerpos tendidos sobre la arena, inmóviles. La espuma marina lamía los pies del primero de ellos, un muchacho, apenas un niño, de rubios y lacios cabellos. Su corazón latía, y respiraba aún, unido a la vida por un débil hálito. Sin embargo nada pudimos hacer por salvar a los otros dos, para quienes llegamos demasiado tarde: el hombre, sueco o finlandés, que no hablaba español, y su joven hija.

 

TÍTULO: La belleza está en los ojos de quien mira
NOMBRE:  Evelina Saponjic-Jovanovic

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Podía oír su voz todas las mañanas. Siempre discutía sobre los partidos de fútbol y lanzaba explicaciones largas e inútiles, ora en sueco/finlandés, ora en inglés. Sus interlocutores no le entendían, e incluso se reían de él, pero él como si no lo notara.
Esta mañana también oigo su voz. Un par de palomas han hecho un nido en el árbol. Las palomas son muy tontas. Hacen unos nidos poco profundos (como si quisieran ahorrar material), y un huevo ya se ha roto.
Qué raro es todo, pienso yo, asomado a mi ventana: primero se forma un huevo, y de un huevo, sale la vida. Aunque, de este huevo roto no saldrá la vida, estoy seguro… Bueno, llegamos a un dilema eterno: ¿qué fue primero: el huevo o la gallina? Creo que por ahí también debe de haber un gallo, ¿no? Me sonrío a mí mismo.
Una señora del edificio de al lado está paseando a su pekinés, como todas las mañanas. ¡Qué feos son los pekineses! Son unas pequeñas almohadas peludas e irritantes con los ojos de vidrio y temperamento desagradable.
Los autobuses coloridos transportan a los pasajeros. Todos corren, se empujan unos a otros y desaparecen en los callejones lejanos…
El cartero, como siempre, pasa por la calle a las 11 en punto. A mí ya nadie me escribe. Después de aquel accidente de tráfico…
Éste es un día ordinario. Se desliza junto a mí, apenas lo puedo tocar con los dedos. Corre, implacable, al lado de la ventana de mi dormitorio del hospital.
La enfermera entra en mi habitación y me llama para que me cambie la venda de los ojos…

 

Título: “Pompas”
Autor: Mario Froilán Reyes Becera

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Parado en el escenario, bajo la luz cenital, introducía su mano izquierda dentro del recipiente que contenía agua y jabón, y al levantarla juguetona, soplaba con la suavidad propia de las caricias que el viento acostumbra para mecer las hojas del urapán. Formada la pompa, con su mano derecha rozaba la burbuja sin dañarla, con la suficiencia del halago armonioso sin añadir ni quitar nada, sin hacer la más mínima incisión o rasgadura, transformándola a su antojo en el elemento que el público le pedía en un desordenado español. Desde un colibrí besando una flor amarilla, hasta los aviones japoneses desviándose sin afectar Pearl  Harbor, lograba su ingenio.  La formación de productos naturales adornados con colores iridiscentes, no parecían propios de la inventiva humana, sino del acto propio de la magia, los milagros o la santería.
El acto continuó, sin novedad durante varios años. La representación teatral se afianzó alcanzando la fama por todo el mundo.
Hoy ha llegado la policía hasta la residencia del hacedor de pompas de jabón y lo ha encontrado muerto.  ¿Asesinato o suicidio?  A su lado han encontrado un cuerpo humano, femenino, transparente y húmedo. Hermosa, pura y perfecta  representación de la efigie de la inocencia perdida.
El hombre, sueco o finlandés, presentaba signos de ahogamiento. Su cuerpo, con tonalidades azules claras vidriosas, ya poco alcanzaba el color de su amada.

 

Título: “Reloj”
NOMBRE: Jairo Troppa 

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, le consulté la hora y me dio su reloj, pero ahora ante el policía, es mi palabra contra la de él.

 

Título: “Documento”
Nombre: Julia Saez Angulo

El hombre sueco o finlandés no hablaba español, pero gesticulaba con fuerza ante un papel viejo y arrugado que mostraba al capitán del barco mexicano. El hombre sueco o finlandés tenía el cabello rojo encendido y unos ojos de duras pupilas azul marino. Su mirada era intensa y autoritaria, su voz de tono enérgico parecía pedir explicaciones antes de desembarcar en el puerto centroamericano. El capitán del barco intentaba comunicarse con el pasajero en inglés tras el infructuoso español del primer intento de conversación. Era inútil. El hombre sueco o finlandés con su cabeza aleonada, sus voces cada vez más escandalosas y sus gestos alborotados de mano sobre el papel, parecía exigir al capitán no se sabía muy bien qué. La fila de pasajeros que le seguía se inquietaba y el murmullo de comentarios e impaciencias crecía a medida que pasaban los minutos. Las versiones sobre el atasco de la fila eran variopintas: que si el hombre había perdido la cabeza, que si había extraviado una bolsa de mano en el barco, que si hacía una protesta formal sobre la travesía, que si reclamaba una indemnización por falta de vigilancia… Un pasajero vestido con impecable traje blanco y panamá se acercó al capitán y se presentó como intérprete de la Unesco. Escuchó al hombre sueco o finlandés y tradujo al capitán:
“Quiere saber donde se encuentra la tierra americana que descubrieron sus antepasados vikingos en el siglo XII, cuyo título de propiedad figura en el documento en sus manos”.

 

FINALISTAS DEL I CERTAMEN INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS “LOS ALEPHS”

 

Título: “Indecisión”
Nombre: Gustavo Calanni 

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Eso no evitó que brotara un borbotón de sangre de un carmesí aguachento de la unión de su estómago con mi navaja. Qué más da, creo que pensé en ese instante, las heridas no saben de idiomas. Una retahíla de palabras insípidas, inconexas e incongruentes para mí –más algún otro in que seguramente se me escapara en ese momento, siempre me gustaron las palabras que comienzan así y con ellas procuro pensar- brotaron en susurros suaves de sus labios. Lo besé con pasión sin refrenar mi impulso aún salvaje. Me miró con horror, pensando quien sabe qué en su extraña lengua. Puedo imaginar varias traducciones, algunas casi acertadas. Nunca antes había besado a un moribundo, aquella mañana lo noté y determiné hacerlo de inmediato. Lamentablemente debí gastar los pocos pesos que me quedaban en un interesante instrumento para inmolar, ya que, claro está, no disponía de moribundo alguno a mano. Estoy seguro que lo pensé en ese orden. Interesante, instrumento, inmolar. Intenso, inspirador, inútil. Casi inútil, en realidad, ya que ahora sé exactamente qué se siente, húmedo arriba, húmedo abajo, húmeda la mano también.
Me pregunto ahora qué se sentirá al volar desde lo alto, con los ojos entornados, rogando al aire detenerme aunque sin demasiada esperanza de que ocurra. Quizás, y solo quizás, tampoco me encuentre hoy de humor para hacerlo. Pensaré más bien antes algún otro logro. Otro logro aún no alcanzado.

 

Título: Sin título
Nombre: Pablo Sierra

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, lo que no interfirió en absoluto con su cometido. Dos horas y media en el país le bastaron para cumplir con el encargo en tiempo y forma, sin que nadie advirtiera algo en su presencia que resultara inquietante. Nadie, a excepción de la joven que servía café en el aeropuerto, a quien llamó poderosamente la atención el semblante que portaba el extraño. “El tipo carga en su mirada con un crimen terrible”, había comentado a su compañera de turno, que no otorgó al comentario la menor importancia. Ambas camareras continuaron con sus labores y rutinas, como casi todo el mudo.

 

Título: “El mística frente al alquimista”
Nombre: Pablo Solares Villar

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Conseguimos comunicarnos en alemán, y después, tras descubrir que ambos habíamos transitado por el seminario, ya con mayor comodidad, charlar en latín. Él me habló de transmutaciones y piedras filosofales, de alquimias y herméticas; perseguía lo inalcanzable. Yo le dije de la mística y el sufismo, de las vías para lograr la comunión de lo divino en el alma humana; quise explicar lo inefable. Citó a Teofrasto Paracelso; yo al Meister Eckhart.
uienes en aquella taberna nos escucharon conversar en la noble lengua romana, asombrados, pensarían que compartíamos secretos y arcanos, pero lo cierto es que no nos entendimos. Le entregué como obsequio las Enéadas de Plotino, pero sé que no disfrutó el libro y seguramente tan siquiera lo comprendió, ya que el “De occulta philosophia que me regaló me decepcionó terriblemente y no fui capaz de concluir su lectura. Si he de ser sincero, pienso que no era sino un charlatán espiritualista, y barrunto que él se forjó sobre mí idéntica opinión.

 

Título: “Profanaciones”
Nombre: Fabiola Rinaudo

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español pero tenía una sonrisa clara y convincente. Le regaló unas azucenas que robó del florero del vestíbulo y que cumplieron su cometido. Entre las sábanas y con el whisky le dijo palabras seguramente de amor. Antes de ponerse la chaqueta le besó la frente y ella le pidió que dejara el dinero sobre la mesita.

 

Título: Sin título
Nombre: Tomás Aguilera Durán

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Y eso resultaba desconcertante para alguien que hasta el momento podía presumir de una límpida destreza castellana achacada, como parece lógico, a su origen hispano. Que después de un profundo sueño su encrespado cabello negro fuese una lacia melena platino le parecía un asunto banal, anecdótico. Que su tacaño porte mediterráneo hubiese tornado en tallada espiga se le antojaba superficial e insignificante. No encontraba exageradamente descabellado el haberse despertado, desnudo y sin pertenencia alguna, en el brumoso páramo por el que ahora vagaba meditabundo. Curioso, si se quiere, encontraba todo aquello tolerablemente factible en comparación con la fatalidad de que su natural procedencia, la única que había conocido y aun sin haberla tenido nunca en demasiada estima, se hubiese transformado en una inconcreta identidad escandinava. Era algo grotescamente inconcebible que le atormentaba, que desbordaba, de largo, su preocupación por sobrevivir en aquel inhóspito paraje.

 

Título: “Caracoles”
Nombre: Gema Moratalla

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Sin embargo,  entendía el lenguaje de los rizos cuando una mujer guapa le daba la espalda. Como yo tenía el pelo lacio mi gesto fue inútil, así que me siguió por las calles atestadas de El Rastro, y entró hasta el fondo del bar donde pedí unos caracoles con intención de asustarle.
Sus ojillos vidriosos me veían sacar a los bichitos de su concha. Era rubio y pálido pero tenía manos de pianista. El sabor placentero en mi boca se cruzó con su anhelosa mirada. Me indicó por señas que quería probar. Le ofrecí  la bandeja, pagué la ración y mientras él imitaba lo que me había visto hacer con los palillos salí corriendo de nuevo.
Tiempo después, entendí lo pequeña que es esta ciudad (y todo el universo) cuando encontré al extranjero  a la puerta de mi casa.  Él hizo el gesto de llevarse algo a la boca y un regusto conocido resonó en mis papilas. Yo me había rizado la melena, así que nos comprendimos a la perfección.
Le estoy enseñando el idioma, empezando por términos culinarios y partes del cuerpo. Aprende deprisa mientras enreda sus dedos en mis ondulaciones.

 

 

Título: “Letras vengativas”
Nombre: José Luis Martínez Azpilicueta

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español ni falta que le hacía. Murió soñando un sueño de verdad en la exigua biblioteca del pueblecito andaluz. Los raídos tomos descargaron en él su ira ante el agravio: el e Book sueco o finlandés no pudo hacer nada por evitarlo, a pesar de su culpabilidad manifiesta.

 

Título: Sin título
Nombre: Nicolás Barrasa

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Esperaba el tren de las ocho y diez de la noche, sentado en un banco de madera. Miraba el reloj constantemente, como si el tren pudiera pasar desapercibido si no controlara con exactitud, a cada instante el avance de la aguja por la circunferencia. Que no se detenga, que nunca se detenga. Uno, dos, tres, y así hasta el sesenta, para volver a repetirse eternamente por el término que dure una vida, y deja atrás los zapatos gastados, las noches en vela, las cuerdas rotas de la guitarra, la cicatriz de la frente, la valija extraviada en Zurich.
Escucha el sonido del tren y se despide del recuerdo de sí mismo que ha quedado en la estación.

 

Título: “El lenguaje de los pájaros”
Nombre: Luisa Moreno Sanz 

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, así que nunca me haría promesas falsas. Porque, naturalmente, yo tampoco aprendería nunca su idioma. Creo que estaba cansada de hablar y de que me hablaran. Salía de un fracaso amoroso que había agotado mi energía más profunda y, por supuesto, alterado mis esquemas morales; una relación concienzuda y larga, de esas que vemos agonizar apenas comenzadas… y aun así mantenemos por seguir creyendo en una especie de rectitud sentimental —u otras cosas extrañas.
No, ya no me apetecía compartir palabras. De hecho, me sonaban todas a perversa charlatanería… ¡El lenguaje humano es el menos perfecto, por ser el más exacto! Y es que no hay otro tan complejo ni que obligue a tanto: a expresar lo que somos, formular lo que deseamos… El alma es un misterio que queremos pronunciar.
Supongo, en cualquier caso, que esos fuertes desengaños contribuyeron a que me fijara en aquel hombre. Todos sabían que había sido saltador de pértiga y en el bar se decía que había estado a punto de ganar medalla en Atlanta. Equivocadamente, también se pensaba que hablaba español, pues lo primero que hacía en cuanto llegaba era buscar el periódico. Así que la gente le contaba sus asuntos con naturalidad; y él, aunque no entendía nada, asentía afablemente con una sonrisa. Yo sí que sospechaba la verdad, ya que solía sentarme a la mesa de atrás y veía que únicamente le interesaba la sección de los sudokus. Hasta que una tarde me decidí a pedirle la página de los anuncios…
Y hoy seguimos juntos. Todavía me da la sensación de que vivimos varios metros por encima del mundo, encaramados a una pértiga salvadora donde hablamos el aproximado lenguaje de los pájaros.

 

Título: “Emma”
Nombre: Maria Carbo

El hombre sueco o finlandés, no hablaba español; sin embargo, reconocí el deseo en su mirada. Le hice una seña y me siguió; caminamos por calles oscuras hasta la puerta del desvencijado edificio. Quiso acariciarme y yo con otra seña lo animé a esperar; luego subimos las escaleras mientras sacaba la llave de mi bolso. Al llegar, abrí la puerta y él apurado entró; cerré con cuidado y pude dar dos vueltas con la llave que aún colgaba fuera. Desde la calle, oí los gritos: él en su extraña lengua y mi abuela en la de siempre.

 

Título: “Jaque Mate”
Nombre: Carlos Goedder

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Dio un sorbo a su vaso de agua e iniciamos la partida de ajedrez. Comenzamos con movimientos predecibles. Los primeros momentos en un tablero de ajedrez constituyen un rango limitado entre quienes dominamos el juego. Es tras los primeros cinco o seis movimientos cuando se abre el universo de infinitas posibilidades, como son interminables las posturas amatorias. Es tan infinito el lecho como el tablero de ajedrez en sus incesantes escaramuzas. Miré al nórdico, inescrutable. Tosió. Estudié los posibles movimientos. Tomé agua. Volví a estudiar el tablero. El contrincante sujetó el Peón que esperaba. Tocó el reloj. Moví mi Alfil y volví a ver las piezas. Algo me llamó la atención. Como buen memorioso, recuerdo exactamente cada partida de ajedrez que he jugado. Sé cada movimiento que he hecho y puedo decir como transcurrió cualquier partida, reproduciéndola minuciosamente. Al principio pensé que era simple casualidad, mas los movimientos empezaron a sucederse idénticos a otra partida, por demás singular y fácil de recordar. Fue la que jugué con Ella, la dama que compartía mi afición por el ajedrez. Aquella noche Ella, contingente, impredecible, inestimable, asintótica, me dijo claramente que cuando volviera a jugar esa misma secuencia de movimientos, sería mi fin. Y me sorprendí al ver cómo se reproducían los movimientos ahora exactamente igual que entonces. Siempre había pensado que el ajedrez y la vida eran infinitos, irrepetibles, como árboles binomiales. Empecé a sudar. Podía detener todo, advertí. Hacer un movimiento distinto. Mas significaría perder: aquella partida sólo podía ganarse de la forma que entonces jugué. Sudé, aflojé el nudo de la corbata y vi, lleno de presagio, el movimiento que ya anticipaba. Moví la Reina y esperé.

 

Título: “Fiordos mentales”
Nombre: Carlos Goedder

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Me dio un brebaje y me ató al catre. Me habían descendido del barco cuando di los primeros síntomas del trastorno. Había pintado paredes, increpado y agredido a otros pasajeros. Ahora estoy aquí adormecido, en una ciudad nórdica, sintiendo el frío calándome los huesos. Mi boca está seca y me palpita la cabeza. La ausencia de luz y las voces lejanas hablando en lengua extraña hacen una conjunción siniestra. En cualquier momento y en cualquier lugar sabía que perdería definitivamente la razón, mas nunca creí que sería justamente ahora. En la oscuridad, sigo pensando, entre notas musicales, en Él… El infinito. Intento figurar el Infinito. Ya una vez conseguí, en circunstancias menos trágicas, intuir la nada y la llamé Cero. Era cuando vivía en un remoto confín de La India. Ahora estoy razonando el Infinito, intentando explicar a mis congéneres que hay algo más abundante que el azul en el cielo, la luz en el Sol o las gotas de sangre derramadas en las guerras. Cierro los ojos y veo unos chispazos azules. Aúllo, lloro. Traigo la promesa del Infinito, yo pobre loco, a mentes empecinadas en limitarse. Me parecen tan vulgares los términos inmenso, incontable, incalculable, incluso… Eterno. Yo quiero verbalizar el Infinito, dibujarlo y mi mente ha vagado por alturas y profundidades, imaginando cómo todo puede fragmentarse y expandirse sin término. Entre mis propios pensamientos descubrí como cada uno contenía a los anteriores y era inicio para un bucle nuevo. Y a grito vivo declaro mi tesis: que divididos por la nada, todos somos infinitos. Y aquí estoy, infinitamente solo y desintegrado, enloqueciendo ilimitadamente. Siendo infinito, tiendo a la nada.

 

Título: “Milagro nórdico”
Nombre: Nerea Blanqué

“El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, lo único que quería era abrir la boca y comunicar sus sentimientos. Anduvo despacio hasta el centro de la plaza decidido a ser escuchado. Se detuvo. Con mucha parsimonia se quitó el sombrero. Luego  la gabardina. Tres, dos, uno, cero, ¡Ahora! «AHHHHHHHHHHHHHHHHHH!» Gritó desde el fondo de sus entrañas. A su alrededor, las palomas volaron como locas,  le dejaron solo. Los peatones se pararon y le miraron con extrañeza, algunos, se fueron asustados, y otros se acercaron hacia él para cerciorarse de que se encontraba bien.
El hombre hizo caso omiso de lo que pasaba a su alrededor, lo único que quería era desquitarse a cualquier precio. De momento, ya había sacado la rabia. Ahora  le tocaba a la tristeza. Se quitó la camisa y seguidamente los pantalones, «BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!», volvió a gritar, esta vez directamente desde el fondo de su corazón desgarrado. Aunque se sentía mejor, unas gotas de sudor frío empezaron a bajar por su espalda. Las piernas y los brazos le dolían horriblemente. Cayó al suelo y comprimió las piernas contra su pecho en un intento fallido de ahuyentar aquella agonía. No entendía lo que estaba pasando. Lo veía todo blanco.
Los peatones le miraban anonadados. Delante suyo se estaba produciendo lo que solamente se podía describir como un milagro nórdico. El hombre desnudo que estaba gritando en la plaza se había transformado en un magnífico copo de nieve. Los más valientes se acercaron a tocarlo antes de que se derritiera. Más tarde, declararon que nunca habían sentido un frío tan rabioso y triste en su vida.”

 

Título: “Metro”
Nombre: Lorena Muñoz Zapata

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Lo supe cuando traté de preguntarle la hora y gruñó algo en un idioma que no pude descifrar.
Él nos miró, divertido por mi inútil intento. Y entonces lo miré yo, no directamente, sino que a través del reflejo de la ventana.
Se ven lindos los dos.
Él, clarito y vestido en tonos oscuro, sentado al frente mío. Ella a su lado, pálida, de pelo largo y una panza de embarazada. Él, la besa, le hace cariño en la guata. Ella se deja querer, pone el hombro a su disposición y él se reclina, siguiendo un olor en su cuello.
Me gusta mirarlos como si fueran personajes en la tele y no pasajeros al frente mío.
Pero él me descubre mirándolos. Yo bajo la mirada avergonzada.
Ahora es él el que me mira. Me mira fijamente. Me escruta.
Pone sus ojos en mi pelo negro y motudo, en mi piel morena. Me refugio en el libro que llevo. Pero no consigo leer. No logro concentrarme. Me siento pillada en falta. Sus ojos pardos siguen pegados en mi reflejo.
Levanto la cabeza para mirarlos.
Ella tiene la mirada fija en el horizonte. Con una mano en la panza y la otra, sobre la de él. No sabe que viajo al frente de ella, no sabe que ya no tiene toda la atención de su acompañante.
Y él sigue absorto en mi reflejo. Aunque ahora la bese. Aunque ahora vuelva a reclinar su cabeza en el cuello.
Opto por mirar hacia afuera. Sólo mirar afuera, la oscuridad al otro lado del andén. Mirarlos de reojo, sólo por segundos. Para comprobar que el crío sigue absorto en mí. Para comprobar que frente a los ojos de su madre, en el metro, Edipo aprende a traicionar.

 

Título: Sin título
Nombre: Carlos Andrés García Dimaría

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Al oír esas palabras que se enlazaban como gruesas raíces, como piedras que arrastraba el río, sintió una mezcla de espanto y fascinación. Un horror sagrado. Los hombres que bajaban de aquel monstruo se dirigían a él en un idioma impenetrable, gritándole, a la vez que le enseñaban pesados objetos cuyas líneas se cruzaban y otros de una sola línea, que le cortaron la carne al tocarlos.
Descendiente de una antigua tribu, intentó explicarles. Pensaba (equivocadamente) que su barba lo hermanaba a aquellos extranjeros que tal vez lo ayudarían en su eterna y cotidiana lucha contra los hombres pardos. Les habló en su lengua y los hombres lo hirieron nuevamente.
Les explicó, a pesar de todo, que sus ancestros habían sido abandonados durante la  gran tormenta que había hundido al mundo. De sus antepasados llegaban las primeras historias de los hombres pardos que habitaban el interior del continente y que sólo se aventuraban a la costa para atacar a su clan. Desde entonces habían vivido en guerra y sus ancestros habían luchado por generaciones hasta abrirse un camino hacia al sur, donde habitaban otros hombres pardos no menos agresivos pero sí menos numerosos. Su tribu había subsistido así, en perpetua lucha contra los nativos, a la espera de un dios de agua que volvería a hundir al mundo para salvar a los justos.
El hombre no pudo terminar su historia. Gruesas cadenas ligaron su cuerpo mientras era conducido al interior de uno de aquellos monstruos. Dos hombres lo cruzaron al bajar del barco.
– Los primeros – aseguró el capitán al sacerdote que lo acompañaba. – Somos los primeros.
Y se adentraron en la selva llevando consigo la cruz, la espada, y la ingrata certeza de que alguien los había aventajado.

 

Título: “El laberinto de la eternidad”
Nombre: Santiago Clément

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español.  Traté de explicarle por señas que buscaba la salida. Había logrado encontrar la fuente y había ya bebido los tres sorbos del agua de la vida eterna. El hombre balbuceó algo que no entendí y se alejó con un paso que me pareció el caminar de alguien que ha andado eternamente. Desde entonces no volví a cruzarme con otro hombre. Hace ya dos siglos que camino buscando la salida.

 

Título: “Nacionalidad”
Nombre: León Amaro 

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Ni inglés. Ni alemán. Demonios, ni siquiera sé si realmente hablaba. Pero de que era sueco o finlandés, de eso si estoy seguro. Uno no se equivoca en estas cosas.

 

Título: Sin título
Nombre: Mª José Fernández Gómez 

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Tampoco lo necesitaba, las reglas del juego eran muy sencillas: si quería vivir, tenía que jugar. La muerte le persigue, y tiene que buscar un escondite. Ella cuenta hasta cien, y él corre, deja su improvisado escondrijo y busca otro mejor, pero queda al descubierto, le ha visto. Le mira, y sonríe. Su boca desdentada se estira en una mueca que le estremece, y vuelve a correr, intentando llegar a un lugar seguro, intentando evitar que la huesuda mano llegue hasta su hombro, le toque y le marque, pero él se cansa, y ella no, y al final ya no la ve tan horrible. Ella vuelve a sonreír, pero él también sonríe ahora. Ella le busca, y él la busca a ella. Ella le desea, y es deseada. Le abraza, y él la abraza a ella. Los huesos se funden con su carne, y la muerte se funde con la vida. Ahora, pagas tú.

 

Título: “Hoy estoy aquí”
Nombre: Nuria Sánchez

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Me quedé perplejo mientras él chapurreaba algo que yo intentaba descifrar. Estaba sentado junto a mi padre en la cafetería Tío Tomás cuando éste individuo llegó. Sólo tenía diez años, pero recuerdo perfectamente los aspavientos que hacía. Estaba colorado, parecía importante lo que tenía que decir. Marcos no tuvo más opción que salir de detrás de la barra y dirigirse hacia donde este señor señalaba. Dos hombres más le siguieron.
Los llevó hasta su coche. Yo lo observé todo desde la cristalera del bar. Pude ver una niña pálida dentro del auto. Su pequeño cuerpo yacía inmóvil sobre el asiento, con un hilo de vida.
Mi instinto me dijo que tenía que salir para ayudar. Justo el día de antes había aprendido en clase de gimnasia algunos consejos de primeros auxilios. Me miraron sorprendidos pero me dejaron actuar.
Cogí a la niña del cuello y le abrí la boca. Tenía un caramelo en su garganta que le obstruía la respiración. Solo tuve que hacer la maniobra que un día antes había aprendido para sacar la bola.
El hombre me miró sorprendido y con la expresión de quien te daría la vida si pudiera.
Se fue corriendo al hospital.
Hace dos días llegué a Nueva York.. La vida me dio una sorpresa. Busqué un pupitre entre todos los que había en la Universidad. Conferencia sobre Primeros Auxilios: Natalie Hoffman.
Comenzó la frase diciendo: A mí me salvaron la vida en Murcia. Fue un chico de unos diez años, y gracias a sus conocimientos, HOY ESTOY AQUÍ.

 

Título: “En otra piel”
Nombre: Laura Escriche 

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; pero cantaba con tanta magia que yo, de alguna forma misteriosa, creía entender perfectamente cada una de sus canciones. Estuve escuchándole durante horas. Cuando hacía una pausa para descansar, me sentaba a su lado y hablábamos un poco en inglés. Apenas podíamos comunicarnos, porque en el colegio nunca me esforcé por aprender lenguas; pero creo que a él, finlandés o sueco, no le importaba: me sonreía a menudo y en cierto momento me apretó el brazo con cariño. De rato en rato, yo entraba en el bar de la calle contigua y compraba un poco de café para los dos.
Por la noche contó las pocas monedas que había recaudado y me pidió que le acompañara a la estación de autobuses. Allí compró un billete a Madrid. Mientras cenábamos en una bocatería cercana, me contó que pasaría unas semanas en la capital; luego viajaría a Barcelona, y desde allí tomaría un autobús a Francia.
Yo sabía con certeza que me había enamorado. Lo más raro del asunto es que era la primera vez que sentía algo así por un hombre. Si en aquel momento me hubiera pedido que le acompañara (a Madrid, a Finlandia, a Suecia), lo habría hecho sin vacilar. A mi novia le habría mandado un mensaje al móvil, muy breve: “Me he enamorado de un hombre de nacionalidad desconocida y me voy con él al extranjero. No te preocupes por mí, no puede ser mala gente: canta muy bien. Te encantaría. ¡Adiós y suerte!”.
Pero él no me pidió nada. Sólo me dio un abrazo y las gracias por acompañarle. Permanecí muchas horas sentado en el banco de la estación, lamentando no haberme atrevido a preguntarle su nombre y temeroso de regresar a mi propia vida.

 

Título: “Esencia de jazmín”
Nombre: Vicenç Vernet Pons

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; sin embargo, se pudo comunicar con él en inglés, la información que le dio ese detective fue preciosa, aclaró sus dudas definitivamente. Las fotos que le entregó corroboraron sus sospechas. Se las dio esbozando una media sonrisa, se parecía a Max von Sydow. Ella dejó el sobre encima de la mesa del bar, contenía el dinero pactado. El hombre cogió el sobre, se levantó y se fue sin mediar palabra. Permaneció sentada un buen rato. Pidió una cerveza y encendió un pitillo. Se le había quedado la mente en blanco, no podía pensar. Se había convertido en una estatua de sal. Intentó llorar pero no pudo.
Habían transcurrido ya tres semanas de aquel encuentro. Adela se hallaba jubilosa ante su tocador. La imagen que le devolvía el azogue era radiante. Parecía encontrarse en aquel lapso de edad en que la juventud no se ha alejado todavía de los rasgos del rostro. Éste se veía aún lleno de tersura y su palidez marmórea se mostraba algo rosácea en los pómulos. Su pelo azabache contribuía a su guapura. En sus ojos negros, por una décima de segundo, brotó un leve destello. Se vio hermosa. Mojó el lóbulo de su oreja izquierda con esencia de jazmín. En su semblante, se dibujó una sonrisa maravillosa. Se sirvió una copa de Lacrimae Christi bien fría, adoraba aquel vino de la Campania. Paladeó su sabor afrutado. Suspiró.  Sentirse joven todavía a los cincuenta años no era una locura, era algo real, un milagro de la genética. La imagen que se reflejaba en el espejo era el de una mujer de unos treinta y cinco años.
Su marido yacía en la bañera, con una bala en la sien. “Después de arreglarme —se dijo—, llamaré a la policía.”

 

Título: “La huida”
Nombre: Lucía Lara

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español. Pensó en preguntarle en inglés de dónde venía, pero en aquel momento ella no era nadie para hacer preguntas.  Iba cubierto de cuero y sus ojos los cubrían unas clásicas gafas de aviador. Tenía barba pelirroja y la tez marfil pero llena de pecas por el sol de pleno agosto.
En aquel momento Claudia estaba incumpliendo las dos reglas de oro de su madre. Nunca montes en moto y jamás hagas autostop.  Pero con las zapatillas rotas y el corazón también, pensó que no estaría de más romper un par de normas. Se subió con torpeza y un ligero temblor, por el engañado cansancio y el miedo de quien se deja caer en las manos de un extraño. Pensó, tercera regla de oro: no hables con desconocidos, y se sonrió con aires de venganza.
Musitó un tímido thank you, y se sujetó al asiento. Arrancó, sin dejarle un segundo más para pensárselo dos veces. No llevaba casco y el violento viento le arrancó las pocas lágrimas que le quedaban. Apretó los dientes y cerró los ojos. Enseguida ganaron velocidad y tuvo que agarrarse a él, pero esta vez no sintió ningún temor. De hecho, a medida que pasaba el tiempo, la rapidez y el ruido le producían un extraño sosiego, quería seguir alejándose y se sentía imparable. Dejaron atrás carretera tras carretera y tantos recuerdos que iban chocando contra las ruedas. A sus espaldas se quedó todo lo familiar, su prisión de cristal y su  resquebrajado pasado. Él no hablaba español, pero no importaba. Las curvas, el motor y el vendaval hacían imposible que las palabras estropeasen aquel momento. Estaba atardeciendo, así que le echaron una carrera al sol, y fueron los primeros en alcanzar el lejano horizonte.

 

Título: “La predicción de Kalevi”
Nombre: Alfons Forcadell

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, se limitaba a observar las obras de la  galería de arte, parecía el típico cliente dispuesto a comprar una buena obra.
Sin pensarlo me presenté. Al principio pareció molesto por mi atrevimiento. Se llamaba Kalevi, era arquitecto. Buscaba una obra para decorar el comedor de una joven pareja de Madrid.
Le mostré obras de artistas jóvenes, él las estudiaba minuciosamente, pero, me dijo, que estaba buscando algo más profundo, algo que representase el amor entre dos personas.
Al fin se fijó en una pintura, noté en su mirada inquieta cierto desasosiego, la obra procedía de una subasta de antigüedades, herencia de una familia acaudalada.
Aquel cuadro despertó su interés, se me acercó y me advirtió sobre el mal presagio que emanaba de él. Me dijo que la pintura era el testimonio de una gran desgracia, que debía guardarla en un lugar seguro, fuera del alcance de cualquier cliente. Se despidió sin más.
No volví a ver a Kalevi, pero su predicción me sobresaltó, así que decidí guardar la pintura y aprovechar el marco. En el interior descubrí una carta:
“Querido Miguel Ángel
El incendio de nuestra casa acabó con la esperanza de nuestro reencuentro. Lo hemos perdido todo y lo peor es que tengo que exiliarme a España; por lo visto es un delito ser artista en este país.
Solo  pude salvar esta pintura, en la que estamos representados nosotros dos, antes de que partieras como soldado.
Cuando termine esta guerra espero que se me permita volver a Argentina para encontrarte. Llevaré conmigo esta pintura,  pero si recibo tu certificado de defunción no regresaré.
Espero poder encontrarte y  poder decirte que vas a ser padre
Siempre tuya,

Cristina”

 

 
 
 

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